jueves, 12 de marzo de 2009

Ni aunque se aparezca un muerto

La verdad es que la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es muy rica en contenido y en enseñanzas. Pero lo que más me llama la atención es lo que le dice Abraham a Epulón: "no creerán ni aunque resucite un muerto".
Afirmación muy dura, puesto que echa por tierra cualquier visión o expectativa ilusoria de la vida espiritual, según la cual una manifestación sobrenatural pesa tanto o más que la fidelidad cotidiana, casi invisible, perceptible a duras penas. Y, además, es toda una Teología de la Gracia, puesto que muestra el verdadero dinamismo del Espíritu, no necesariamente sujeto u obligado a apariciones, milagrerías ni a grandes experiencias místicas.
"Tienen a Moisés y los Profetas". Es decir, la Ley y la voz de Dios, que constantemente recuerda la Alianza, y la renueva, abriendo nuevos horizontes de esperanza y sugiriendo nuevas formas de presentarse ante Dios y los hombres. Ambos, en mutua tensión y complementareidad, constituyen la esencia y la motivación de la vida espiritual del judío.
Por tanto, la voluntad de Dios había que buscarla en dos polos: la Alianza escrita en el Sinaí, por ser constituyente de su identidad como pueblo y norma de su conducta diaria, individual y colectivamente, y en segundo lugar los Profetas, reveladores de Dios, mediaciones de su Voz, agentes de su Palabra. De ahí se debía derivar, como de una fuente el agua, la espiritualidad judía, frente a Yahveh y frente al prójimo. A partir de aquí, buscar otra cosa era buscar fuera de los lugares de la Revelación.
Y Epulón pide un milagro, cuando Dios le ha otorgado signos clarividentes y suficientes, que él ya habría aceptado, al menos en un primer momento, pero vivió de espaldas a los mismos. Como bien ha dicho el sacerdote hoy en la homilía: "ni le vio". Estaba tan cerrado en su opulencia, que ya ni era capaz de percibir ni identificar la pobreza, la necesidad, la miseria. Se había cerrado a la Ley de Dios y no podía, en consecuencia, gozar de Dios en la eternidad.
Nosotros tenemos el Evangelio. ¿Qué más podemos pedir para convertirnos?