
Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión. Hoy recordamos cómo Jesús vuelve al Padre (Jn 13, 3). La Encarnación, la Vida Pública, la Pasión, Muerte y Resurrección culminan en este momento crucial, magnífico, en que Jesús vuelve al Seno de la Trinidad.
Se deja ver durante cuarenta días, después de resucitar. Se hace patente, tangible, visible, físico. Se hace Signo de la Vida Eterna, ahora que ya ha nacido, vivido y muerto como uno de nosotros. Desde su Resurrección, se hace patente que ya pertenece otra vez a la Vida Escondida de Dios. Ya no predica por los pueblos y los caminos. Ya no instituye Signos, no cura enfermos ni resucita muertos. Ahora se aparece a los suyos, en ocasiones determinadas, e instituyendo signos muy marcados, muy expresivos, muy concretos.
Su Vida Pública ha terminado desde el momento en que le crucifican. Ahora sólo se deja ver a unos cuantos, para que comprendan cuál es la Vida a la que les llama y, sobre todo, quién es Él: Dios e Hijo de Dios.
Pero aun no entenderan: la Ascensión parece que les acaba de descomponer. Se quedan mirando al cielo, esperando quizá un nuevo signo (como si la Ascensión no lo fuera ya), o sintiendo quizá dentro de si mismos cómo su Maestro les dejaba. De hecho, cuando baja el Espíritu, están reunidos, otra vez. No salen a predicar y a curar. No saben qué tienen que hacer, siguen desorientados, tratando de digerir y entender estos tres últimos años de sus vidas. Pero el Espíritu les abrirá la mente y el corazón.
