miércoles, 1 de abril de 2009


Juan 8, 31-42: En aquel tiempo, Jesús dijo a los que habían creído en Él: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad os hará libres”. Ellos replicaron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Serán libres?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que todo el que peca es un esclavo y el esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo sí se queda para siempre. Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que son hijos de Abraham; sin embargo tratan de matarme, porque no aceptan mis palabras. Yo hablo de lo que he visto en casa de mi Padre: ustedes hacen lo que han oído en casa de su padre”. Ellos le respondieron: “Nuestro padre es Abraham”. Jesús les dijo: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”. Le respondieron: “Nosotros no somos hijos de la prostitución. No tenemos más padre que a Dios”. Jesús les dijo entonces: “Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por Él”.

Es significativo cómo empieza el texto: "a los que creyeron en Él". Y es que Jesús da un paso más, y deja claro que creer en Él no consiste en una mera adhesión intelectual, ni en seguirle en base a los milagros que haya realizado, como se sigue a un ídolo cualquiera.

No, se trata de ser fieles a su Palabra, es decir, fieles a Él, Palabra de Dios. Es escuchar la Voz del Padre, y dejarse seducir y cambiar por Él, libres de toda pretensión de autorrealización o autocomplacencia en una Ley que, por otra parte, ya no era suficiente, no respondía plenamente a las aspiraciones del corazón del hombre.

Y es esta Fidelidad la que lleva a conocer a Jesús, a estar con Él, a ser libres. Pero ¿libres de qué? se preguntaban, y nos preguntamos. Pues cada cual tiene la respuesta, porque cada cual sabe qué le ata y qué le impide crecer, es decir, en qué peca, en qué desoye la Voz del Hijo de Dios.


Ser hijo de Abraham no era sólo pertenecer a Israel, y tener una Alianza única con Dios, plasmada en unas leyes. Se trataba de vivir el Espíritu de esa Ley, amarla, porque Ella conducía al Amor a Dios y a los demás. Pero la Ley ya estaba muerta en el corazón del hombre. Por eso, Jesús se proclama a si mismo Palabra, porque quien habla ahora no son las tablas del Sinaí, sino Él, la Encarnación de Dios, Dios mismo. No hay más mediaciones, ni más prefiguraciones: es el momento del contacto real con el Dios Vivo.