
El Domingo de Pascua celebramos la fiesta de la Resurrección, por la que Cristo sale del sepulcro y derrama la Vida Divina en la Tierra.
Esta explosión de vida y de Amor que la Pasión anticipó llega a su culminación "el primer día de la semana". Se hace visible al mundo el Amor Intratrinitario, el que el Padre da al Hijo y el Hijo da al Padre. Esta comunicación Divina que se dio en la Cruz es la que ahora se nos hace visible. Y Cristo, su presencia, su Aliento, llena la Tierra.
Y por eso, hasta la Ascensión, nos lo podemos encontrar en cualquier recodo, al doblar una esquina, al abrir una puerta o andar un camino, como los discípulos de Emaús que hundidos, desmoralizados y desmotivados vuelven a casa: todo ha terminado. Aquel hombre tan maravilloso, que tantos signos había establecido y que tan sabias y altas Palabras les había dirigido... había muerto, sin más, procesado y condenado por el Sanedrín, y ejecutado por Pilato.
Pero Jesús les sale al paso. No sólo no está muerto, sino que su presencia es palpable dondequiera que estemos o vayamos, cualesquiera que sea nuestro ánimo o nuestras esperanzas y desesperanzas. Aquel hombre que había sudado sangre en Getsemaní, y que había abrazado la Cruz, era ahora el Hombre-Hijo, en plenitud, a las claras, sin velos, reconocible en su porte y signo Eucarísticos.
Con el gesto de partir el pan les decía dos cosas: Yo-soy, en la Eucaristía; y así debe ser vuestra comunidad, así debéis ser los apóstoles: comunidad de Mesa.
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