viernes, 2 de enero de 2009

Juan, la puerta

Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo».
Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy». - «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?».
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
He aquí el fin de la Historia Veterotestamentaria en cuanto tal, como Historia de un Pueblo que espera un Mesías, en un futuro más o menos lejano. Es el final de la espera en meras promesas, en una Ley, en un Pacto que ya no llena el corazón, porque Israel lo ha corrompido.
Juan es el que llama a los corazones dormidos para decirles que, como las vírgenes que Jesús más tarde enunciará, puedan entrar con el Esposo en la cámara, en el banquete, en el gozo eterno.