
En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».
El Evangelio de hoy nos trae a colación cuál es la actitud básica que debemos tener, la que es deseable, la que caracterizó a Francisco: la sencillez evangélica. EP 1 lo deja muy claro: a la letra, sin glosa. Así se debe vivir la Regla, expresión fiel del Evangelio. Francisco entendió muy bien lo que Dios le había pedido en aquella misa en la Porciúncula: Evangelio, sólo Evangelio. Era lo que Jesús pedía a Israel: aceptar a Dios y su Revelación tal como son, tal como se nos dan, sin pretender nada, sin poner trabas ideológicas, de erudición o de conocimientos que se pretende haber adquirido con antelación. Como decía Clara, Dios es, eso basta.
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